Rosenzweig:
"Por la muerte, por el miedo a la muerte empieza el conocimiento del Todo. De derribar la angustia de lo terrenal de quitarle a la muerte su aguijón venenoso y su aliento de pestilencia al Hades, se jacta la filosofía. Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal. Pare sin cesar el seno de la infatigable Tierra, y todos aguardan con temor y temblor el día de su viaje a lo oscuro. Pero la filosofía niega las angustias de la Tierra. La filosofía salta sobre la tumba que a cada paso se abre bajo el pie. Deja que el cuerpo quede a merced del abismo, pero la libre alma sale revoloteando. De que la angustia de la muerte ignore tal división en cuerpo y alma; de que brame yo, yo, yo, y no quiera saber nada de que la angustia se desvie a descargar sobre un mero "cuerpo", ¿qué se le da a la filosofía? Por más que el hombre se defienda de los tiros al corazón de la muerte ciegamente inexorable escondiéndose como un gusano en los repliegues de la tierra desnuda y allí perciba a la fuerza y sin remedio lo que de otro modo nunca percibe:
que el Yo, de morir, sólo sería un Ello, y grite él entonces su yo, con todos los gritos que aún contiene su garganta, a la cara de lo Inexorable que lo amenaza con ese exterminio inconcebible, en semejante trance sonríe la filosofía, con su vacía sonrisa y con el índice señala a la criatura (cuyos miembos entrechocan de angustia por el más acá) hacia un más allá del que ella nada quiere oír...
El hombre no debe arrojar de sí la angustia de lo terrenal: en el miedo a la muerte debe permanecer. Debe permanecer, luego no debe sino lo que ya quiere : permanecer. La angustia de lo terrenal sólo le ha de ser quitada con lo terrenal mismo. Pero mientras viva sobre la Tierra debe permanecer en la angustia sobre lo terrenal. Y la filosofía le engaña a propósito de este debe trenzando en torno a lo terrenal el humo azul del pensamiento del Todo. Pues ciertamente, un Todo no ha de morir, y en el Todo nada moriría. Sólo lo aislado puede morir, y todo lo mortal está solo. Que la filosofía tenga que suprimir del mundo lo singular y aislado, este des-hacer-se del Algo y des-crearlo, es la razón de que la filosofía haya de ser idealista. Pues el idealismo, con su negación de cuanto separa a lo aislado del Todo, es la herramienta con la que la filosofía trabaja la rebelde materia hasta que ya no opone resistencia a dejarse envolver en la niebla del concepto del Uno-Todo. Una vez encerrado todo en el capullo de esta niebla, la muerte quedaría, ciertamente, tragada, si bien no en la victoria eterna (1Cor 15,45) sí, en cambio en la noche una y universal de la Nada. Y esta es la última conclusión de tal sabiduría: que la muerte es nada. Pero no se trata en verdad de una última conclusión, sino de un primer principio, y la muerte verdaderamente no es lo que parece, no es nada, sino Algo inexorable e insuprimible. Su dura llamada sigue resonando imperturbable desde el interior de la niebla con la que la filosófía la ha rodeado. Pretende haberla sumido en la noche de la nada, pero no ha podido romperle su venenoso aguijón, y la angustia del hombre que tiembla ante la picadura de este aguijón desmiente siempre acerbamente la mentira piadosa, compasiva, de la filosofía".
No hay comentarios:
Publicar un comentario