lunes, 5 de julio de 2010

La carne I

No hay carne en el mundo (el mundo se define justamente por su ausencia radical de carne), pero no hay mundo sin una carne que lo siente, la mía.
¿Qué siente una carne ajena sino que la siento y la siento sentirme? Cada cual siente el sentir de lo que siente la otra.
El mundo no me recibe como un mundo abierto, siempre empieza deteniéndome. El ser me hace finito según si finitud esencial. Me sostiene y me retiene. Necesito salir y evadirme de él ¿cómo? Entrando mi carne en contacto con otra carne, en y por la cual yo me extendería por primera vez (¿no he nacido además de una carne, dentro de ella, donde me extendí antes de entrar en el más mínimo mundo?). No me libero ni puedo volverme yo mismo más que tocando otra carne.
¿Y dónde podría hacer lugar la otra carne a la mía, sino en ella? Como el mundo no hace lugar, otra carne debe hacérmelo, pegándose contra mí, dejándome llegar a ella, dejándome penetrar. Siento a la vez mi carne y la otra, y siento además que no se me resiste (que no puede hacerlo, porque no quiere), que me pone en su lugar, me ubica y se deja invadir sin defensa. Al entrar en la carne ajena, salgo del mundo y me convierto en carne dentro de su carne, carne de su carne (Gn 2,24).
"Los amantes gozan y perduran cuando saben que todavía no (se) sienten sintiéndo(se) a fondo, porque el fondo los detendría (los limitaría) como un bajo fondo donde se encalla".

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