Gozar: unirse al otro por el otro mismo.
Usar: servirse del otro para uno mismo.
Con el otro (que se le ama) silencio. No hay nada que decir.
Sólo nos posibilitamos recíprocamente la huida del mundo convirtiéndonos en carnes.
El goce me desprende del mundo porque me compromete con el otro.
Pero hay una imposición, el deber de callar me impone hablar.
Hablarse para excitarse.
Salir de nosotros mismos (como carnes erotizadas) por las palabras (sobretodo por ellas).
Es para lo que sirven nuestras bocas cuando no se dedican a besar.
Pero el orgasmo no distingue. Se adecua a cualquier persona posible.
Indescriptibe e instantáneo. El goce es abstracto. Anónimo.
Dos preguntas:
"¿Goza el otro al mismo tiempo y con el mismo placer que yo?"
"Suponiendo que compartamos el orgasmo ¿alcanza para darnos acceso el uno al otro?"
Fuera de la reducción erótica, los amantes no sino simples "partenaires", vuelven a ser meros objetos, instrumentos que uso para excitarme la carne.
Nadie es indispensable desde el momento que la erotización NUNCA alcanza a la persona.
El otro me da mi carne y yo la suya pero el orgamos nos difumina uno en el otro.
No aparece nadie.
La erotización termina. Llega el horror: No se muere por ello.
No se muere de amor (este es el auténtico horror).
Sobrevivimos al final de la erotización. El amor no tiene rango absoluto.
¿Quién ha experimentado en pleno orgasmo que el otro es insustituible?
¿Quién dice que se experimenta allí su individualidad?
Yo no soy más que un "partenaire" más, sin nombre ni sentido. Como ELLA.
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