Introduzcámonos ahora en el icono (siempre con Marion como referencia).
El icono no es el producto en absoluto de una visión, más bien es aquello que la provoca. Es decir, a diferencia del ídolo (que siempre resulta de la mirada que lo mienta), el icono no es ningún resultado, sino una "convocatoria" de la vista, dejando que lo visible se sature, poco a poco, de invisible.
Es importante en este aspecto lo que dice san Pablo de Cristo en Colosenses 1,15: "tou theou tou aoratou", icono del Dios invisible.
El icono no muestra absolutamente nada "ni siquiera bajo el modo de la Einbildung productora" (nos dice Marion). Sino que mas bien le da una lección a la mirada y ejerce una corección constante sobre ella con el objetivo de que ascienda "de visible en visible hasta el fondo del infinito y que encuentre allí una novedad". El icono, en esa convocatoria de la mirada, provoca una superación , impiendo una paralización (provocada siempre por el ídolo), y es que lo visible se presenta en el icono siempre con vistas a lo invisible. "El icono no se hace visible más que suscitando una mirada infinita".
Podemos encontrar entonces una imposibilidad en esa ambición del icono de hacer visible lo invisible. Esta imposibilidad se da si lo divino se entiende a partir del término (metafísico) de "ousía".
Hay que señalar que la definición conciliar que confirma el estatuto teológico del icono fundamenta el icono en la "hupostasis": "Quien venera el icono venera la hipóstasis de aquél que en él está inscrito" (Concilio de Nicea II, 787).
La "hupostásis" (traducida por los Padres latinos como persona) no implica ninguna presencia substancial, circunscrita en el icono como en su "hupokeimenon" (sucede lo contrario con la presencia substancial de Cristo en la eucaristía); la persona sólo atestigua su presencia por eso mismo que la caraceteriza más propiamente: la mención de una intención (stókhasma) desplegada por una mirada.
La mirada, en el icono, ya no pertenece al hombre que mienta hasta llegar al primer visible (ídolo).
"El icono nos mira (nos concierne), al dejar advenir visiblemente la intencíón de lo invisible".
Citemos otra vez a san Pablo: "Todos nosotros, con la cara descubierta y revelada (anakekalumménô prosôpô), sirviendo de espejo óptico para reflejar (kataoptrizomenoi) la "gloria del Señor" somos transformados en y según su icono (eikona), pasando de gloria en gloria, según el espíritu del Señor" (2 Corintios 3,18).
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