miércoles, 28 de julio de 2010

Cuestión

¿De qué gloria lleva el hombre, libre para ser libre, el resplandor anónimo?

domingo, 25 de julio de 2010

Pornografía

Hadjadj:
"La concupiscencia de los ojos implica una relajación del abrazo, una dispersión de lo íntimo, un troceamiento del cuerpo en puntos de vista sucesivos.
Lo que muestra la pornografía es cualquier cosa menos un acto carnal.
Los mismos actores han de dejar que circule la cámara y que brillen los focos:
Están obligados a abandonar lo táctil para entrar en lo visible.
Trabajan para desencarnarse.
Lo que les vuelve obscenos no es acostarse juntos, sino precisamente no hacerlo.
Porque en el acto de la carne, hablando con propiedad, no hay nada que ver.
La pornografía desespera de darnos a ver lo invisible y de abrazar una multitud.
Lo que le da su poder de fascinación es este platonismo interrumpido, a medias.
Se queda en el sentido que permite percibir la belleza (la vista), pero sin responder a su doble llamada, es decir, sin entrar en lo físico, ni tampoco elevarse más allá.
Se aparta igualmente del compromiso del abrazo y de la elevación de la visión".

lunes, 5 de julio de 2010

Carne IV

Hay otra situación:
La seducción.
Queda un pretencioso secreto. Un pequeño secreto.
Quiero convencer al otro (y a mí mismo) de que un día, tal vez, acabaremos jurando.
¿Por qué no?
Quiero que el otro lo crea. Quiero que se entregue a lo que nunca le daré (yo, en persona).
Quiero que me dé su carne (solo eso).
Siempre se liga (se "charla") de mala fe.
Yo porque pretendo anunciar un juramento y sólo busco una carne.
El otro (ella) porque lo sabe perfectamente. Finge no sospechar la mentira.
Ya no soy nadie. Llevo la máscara de la mentira. Soy una máscara que no esconde a nadie.
No nos engañemos. No se resucita siendo "valiente": "diciendo la verdad" al "partenaire" diciendo: "Se acabó" y pasando a poseer una ex (otra más).
Admito la mentira, pero no restablezco ninguna veracidad ni verdad.

Carne III

Gozar: unirse al otro por el otro mismo.
Usar: servirse del otro para uno mismo.
Con el otro (que se le ama) silencio. No hay nada que decir.
Sólo nos posibilitamos recíprocamente la huida del mundo convirtiéndonos en carnes.
El goce me desprende del mundo porque me compromete con el otro.
Pero hay una imposición, el deber de callar me impone hablar.
Hablarse para excitarse.
Salir de nosotros mismos (como carnes erotizadas) por las palabras (sobretodo por ellas).
Es para lo que sirven nuestras bocas cuando no se dedican a besar.
Pero el orgasmo no distingue. Se adecua a cualquier persona posible.
Indescriptibe e instantáneo. El goce es abstracto. Anónimo.
Dos preguntas:
"¿Goza el otro al mismo tiempo y con el mismo placer que yo?"
"Suponiendo que compartamos el orgasmo ¿alcanza para darnos acceso el uno al otro?"

Fuera de la reducción erótica, los amantes no sino simples "partenaires", vuelven a ser meros objetos, instrumentos que uso para excitarme la carne.
Nadie es indispensable desde el momento que la erotización NUNCA alcanza a la persona.
El otro me da mi carne y yo la suya pero el orgamos nos difumina uno en el otro.
No aparece nadie.
La erotización termina. Llega el horror: No se muere por ello.
No se muere de amor (este es el auténtico horror).
Sobrevivimos al final de la erotización. El amor no tiene rango absoluto.
¿Quién ha experimentado en pleno orgasmo que el otro es insustituible?
¿Quién dice que se experimenta allí su individualidad?
Yo no soy más que un "partenaire" más, sin nombre ni sentido. Como ELLA.

Carne II

Llega la contradicción: llega el orgasmo y es que el encuentro erótico, que debería no concluir nunca, tendrá que concluir necesariamente (lo que no es salir, sino encallarse).
Mi deseo no avanza más.
Ya no puede seguir, abandona, deja ir.
El otro me falta, pero con ello nada me deshabita.
La carne se retrae.
Pasado de repetición o pasado perimido, encallamiento (fracaso).
El orgasmo no es cumbre (de la cual se baja por niveles) sino acantilado (desemboca en el vacío).
¿Qué desaparece? ¿Pero me falta algo?
Ninguna cosa me falta, los dos nos encontramos como antes.
El mundo reaparace, como antes. ¿Qué desaparece? ¿Qué oculta esta RE-aparición?
Antes de la re-aparición se daba una reducción erótica en la cual recibía mi carne de la ajena y le daba al otro la suya.
El orgasmo hace desaparecer la carne y somos expulsados del "estado" de la reducción erótica, vuelven nuestros cuerpos físicos.
El mundo se re-apodera de nosotros, nos pone su uniforme y nos viste de piel.
Nos vestimos.
Nos avergonzamos.
Nos ocultamos.
Nos hemos convertido en cuerpos a pesar de nosotros.
Nos cubrimos, no queremos que perciban (ni percibir) la desaparición de nuestra carne.
Se ha perdido el acceso a otra carne.
Experimentar la no-resistencia de quien (se) siente sintiéndo(se).

La carne I

No hay carne en el mundo (el mundo se define justamente por su ausencia radical de carne), pero no hay mundo sin una carne que lo siente, la mía.
¿Qué siente una carne ajena sino que la siento y la siento sentirme? Cada cual siente el sentir de lo que siente la otra.
El mundo no me recibe como un mundo abierto, siempre empieza deteniéndome. El ser me hace finito según si finitud esencial. Me sostiene y me retiene. Necesito salir y evadirme de él ¿cómo? Entrando mi carne en contacto con otra carne, en y por la cual yo me extendería por primera vez (¿no he nacido además de una carne, dentro de ella, donde me extendí antes de entrar en el más mínimo mundo?). No me libero ni puedo volverme yo mismo más que tocando otra carne.
¿Y dónde podría hacer lugar la otra carne a la mía, sino en ella? Como el mundo no hace lugar, otra carne debe hacérmelo, pegándose contra mí, dejándome llegar a ella, dejándome penetrar. Siento a la vez mi carne y la otra, y siento además que no se me resiste (que no puede hacerlo, porque no quiere), que me pone en su lugar, me ubica y se deja invadir sin defensa. Al entrar en la carne ajena, salgo del mundo y me convierto en carne dentro de su carne, carne de su carne (Gn 2,24).
"Los amantes gozan y perduran cuando saben que todavía no (se) sienten sintiéndo(se) a fondo, porque el fondo los detendría (los limitaría) como un bajo fondo donde se encalla".

jueves, 1 de julio de 2010

in philosophos!

Rosenzweig:
"Por la muerte, por el miedo a la muerte empieza el conocimiento del Todo. De derribar la angustia de lo terrenal de quitarle a la muerte su aguijón venenoso y su aliento de pestilencia al Hades, se jacta la filosofía. Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal. Pare sin cesar el seno de la infatigable Tierra, y todos aguardan con temor y temblor el día de su viaje a lo oscuro. Pero la filosofía niega las angustias de la Tierra. La filosofía salta sobre la tumba que a cada paso se abre bajo el pie. Deja que el cuerpo quede a merced del abismo, pero la libre alma sale revoloteando. De que la angustia de la muerte ignore tal división en cuerpo y alma; de que brame yo, yo, yo, y no quiera saber nada de que la angustia se desvie a descargar sobre un mero "cuerpo", ¿qué se le da a la filosofía? Por más que el hombre se defienda de los tiros al corazón de la muerte ciegamente inexorable escondiéndose como un gusano en los repliegues de la tierra desnuda y allí perciba a la fuerza y sin remedio lo que de otro modo nunca percibe:
que el Yo, de morir, sólo sería un Ello, y grite él entonces su yo, con todos los gritos que aún contiene su garganta, a la cara de lo Inexorable que lo amenaza con ese exterminio inconcebible, en semejante trance sonríe la filosofía, con su vacía sonrisa y con el índice señala a la criatura (cuyos miembos entrechocan de angustia por el más acá) hacia un más allá del que ella nada quiere oír...
El hombre no debe arrojar de sí la angustia de lo terrenal: en el miedo a la muerte debe permanecer. Debe permanecer, luego no debe sino lo que ya quiere : permanecer. La angustia de lo terrenal sólo le ha de ser quitada con lo terrenal mismo. Pero mientras viva sobre la Tierra debe permanecer en la angustia sobre lo terrenal. Y la filosofía le engaña a propósito de este debe trenzando en torno a lo terrenal el humo azul del pensamiento del Todo. Pues ciertamente, un Todo no ha de morir, y en el Todo nada moriría. Sólo lo aislado puede morir, y todo lo mortal está solo. Que la filosofía tenga que suprimir del mundo lo singular y aislado, este des-hacer-se del Algo y des-crearlo, es la razón de que la filosofía haya de ser idealista. Pues el idealismo, con su negación de cuanto separa a lo aislado del Todo, es la herramienta con la que la filosofía trabaja la rebelde materia hasta que ya no opone resistencia a dejarse envolver en la niebla del concepto del Uno-Todo. Una vez encerrado todo en el capullo de esta niebla, la muerte quedaría, ciertamente, tragada, si bien no en la victoria eterna (1Cor 15,45) sí, en cambio en la noche una y universal de la Nada. Y esta es la última conclusión de tal sabiduría: que la muerte es nada. Pero no se trata en verdad de una última conclusión, sino de un primer principio, y la muerte verdaderamente no es lo que parece, no es nada, sino Algo inexorable e insuprimible. Su dura llamada sigue resonando imperturbable desde el interior de la niebla con la que la filosófía la ha rodeado. Pretende haberla sumido en la noche de la nada, pero no ha podido romperle su venenoso aguijón, y la angustia del hombre que tiembla ante la picadura de este aguijón desmiente siempre acerbamente la mentira piadosa, compasiva, de la filosofía".